Columna de opinión sobre la tragedia, la fantasía y la verdad
Por Fernanda Padilla
En San Luis Potosí, una mujer de 26 años murió en silencio, en un consultorio clandestino disfrazado de consultorio médico. Acudió confiada a un médico general que no tenía la formación necesaria, empujada por la urgencia, el miedo y la desinformación, y sin saber que desde noviembre de 2024 el aborto era legal en el estado, optó por la única salida que creyó tener.
Murió por una hemorragia provocada por un aborto mal practicado. Murió porque su familia no sabía que podía acudir a una clínica pública.
Murió porque la autoridad no hizo lo suficiente para que esa información llegara a quienes más la necesitaban. Y el médico, el supuesto profesional, huyó dejando su cuerpo en manos de alguien sin ningún conocimiento.
Ante hechos así, la realidad se vuelve tan brutal que solo la fantasía puede ayudarnos a procesarla. Por eso, para entender esta tragedia, necesitamos a veces contarla con las herramientas del mito y del símbolo. Así nació el siguiente cuento:
“Violetta y el Bosque de los Secretos”
–Cuento de fantasía basado en una historia real
En un reino lejano, escondido entre colinas cálidas y cielos celestes, vivía una joven llamada Violetta. Tenía 26 inviernos vividos y el corazón lleno de sueños. Solía pasear por los campos de flores, aprendiendo de la tierra, esperando un futuro que se vislumbraba eterno.
Un día, Violetta descubrió que una semilla crecía dentro de ella. Pero pronto, un viejo gris, un curandero con pergaminos incompletos, le dijo que esa semilla no florecería bien, que venía con una oscuridad extraña, y que tal vez era mejor dejar que regresara al viento.
El viejo gris convenció a Violetta de que él podía hacerlo. “Mi cueva está oculta entre los árboles del segundo nivel,” le dijo, señalando su morada: una vivienda sobre una tienda de pócimas, clandestina, silenciosa, peligrosa.
Violetta fue, porque en su reino nadie le había contado que desde hacía lunas atrás, el Gran Consejo había abierto los Portales de la Curación, lugares mágicos donde toda mujer podía acudir sin miedo, sin juicio, sin dolor innecesario. Pero ese decreto jamás llegó a oídos del pueblo. El Consejo lo susurró solo entre pasillos, sin proclamarlo desde las torres más altas.
En la cueva del viejo gris, Violetta comenzó la ceremonia. Pero la magia usada era torpe, mal conducida. La sangre, en lugar de retirarse suavemente, rugió como río desbordado y Violetta, como flor de campo, ahogada en un manantial escarlata, se marchitó.
El viejo gris huyó, dejando a su aprendiz —una joven sin dones, ni conocimiento— a cuidar de una vida que se desvanecía como niebla.
El Bosque entero lloró su partida. Las lechuzas dejaron de cantar. Las hadas del aire volaron hacia el Consejo, gritando su dolor. “¡Violetta no sabía! ¡Ustedes callaron! ¡Su muerte está escrita en su silencio!”
Y así, el Gran Consejo comprendió que no basta con dictar leyes entre mármoles dorados. Se juró que los decretos viajarían como cometas por todos los rincones del reino. Que cada mujer sabría, desde niña, que tenía poder, derecho y voz.
Pero ya era tarde para Violetta. Su cuerpo se convirtió en un árbol brillante, uno que florece solo de noche, y que obliga a las viajeras a no vivir más entre las sombras.
Y es que Violetta no es solo un personaje. Ella se transformó en un símbolo de tantas mujeres que han muerto por miedo, por ignorancia impuesta, por abandono institucional. Contar su historia, una y otra vez, en forma real o en fábula, es un acto de justicia.
La ley debe proteger. Pero también debe hablar. Porque si no lo hace, su silencio será tan culpable como aquellos que operan en la oscuridad.


